ADLE ¿Quién llegó al gobierno?

Tras una campaña electoral marcada por la polarización y la intervención imperialista de Trump, Abelardo de la Espriella termina posesionándose como presidente de Colombia. Así, por ahora, la reaccionaria burguesía colombiana da por terminado el experimento frentepopulista del gobierno de Petro, que para el gran capital ya cumplió su papel: desmontar el descontento y el estallido social del paro nacional de 2021.

El gobierno de “Los Nunca”: las contradicciones interburguesas se decantaron por el peor conocido

Disipando toda la cobertura de espectáculo, Abelardo de la Espriella ha amasado una fortuna por el ascenso de una burguesía enriquecida gracias al narcotráfico y las rentas cortoplacistas; a diferencia de la burguesía tradicional que vive de administrar las herencias de décadas de explotación capitalista. Además, su relación con el paramilitarismo es de larga data. No sólo es conocido como defensor en los estrados judiciales, sino como amigo y defensor de las causas de los paramilitares. Incluso parte de sus propiedades proviene de reconocidos jefes paramilitares.

El Pacto de Ralito firmado en 2001 entre el paramilitarismo y más de 100 políticos y empresarios, proclamó el proyecto de una “Nueva Colombia” en la que el paramilitarismo tomaría el poder político. Este proyecto se desarrolló durante el gobierno de Uribe, en el que el paramilitarismo no solo contó con el respaldo del gobierno nacional, sino que, como el mismo Salvatore Mancuso declaró, contaban con más del 35% del congreso.

Hoy, su programa, “La Patria Milagro”, es claramente la continuación de este proyecto. No se trata solamente de las coincidencias y similitudes de la derecha con el paramilitarismo, se trata de una relación más estructural, que ya se empieza a notar con el fortalecimiento y mayor legitimidad que reclaman los actuales paramilitares.

El ascenso de la ultraderecha llega a Colombia

Otra característica central de Abelardo de la Espriella y el movimiento que lo llevó a la presidencia es que hace parte de un fenómeno internacional de ultraderecha. Con la crisis económica mundial de 2008, un sector de la burguesía imperialista mundial le ha apostado por fortalecer y radicalizar propuestas de ultraderecha, por encima de la derecha institucional tradicional, que en muchos casos ha sido absorbida o superada por este fenómeno.

Inspirada en las ideas de los neoliberales clásicos como Hayek, Friedmann y Mises, la ultraderecha pasó de ser un círculo de tecnócratas y funcionarios de gobiernos y organismos imperialistas a ganar elecciones en muchos países del mundo, gracias a la crisis que va más allá de la crisis económica e impacta las instituciones de la democracia burguesa. Pero otro motor del auge de la ultraderecha han sido los llamados gobiernos progresistas, que, ante sus limitaciones y fracasos en contener y disipar la crisis social, han generado descontento en sectores de la clase media, pequeña burguesía y sectores de trabajadores, especialmente precarizados. Ante la ausencia de alternativas con influencia de masas por la izquierda, el descontento ha sido canalizado por la ultraderecha, que aparece con discursos antisistema, contra las “élites” y la “corrupción”.

Las características de la ultraderecha

La ultraderecha ha contado con importantes aliados en los dueños de las empresas tecnológicas que monopolizan las redes sociales, y aprovecha estas plataformas para difundir sus ideologías reaccionarias, noticias falsas, ahora muy verosímiles y sofisticadas, con el actual desarrollo de la inteligencia artificial.

Ideológicamente, la ultraderecha toma la tradición de los populismos de derecha y combina una concepción ultraliberal de la economía con la reducción al mínimo del Estado en la economía y los servicios, la eliminación de controles al capital, manteniendo y fortaleciendo la esencia represiva del Estado capitalista, profundizando la militarización, la represión y la criminalización de las luchas de resistencia a sus planes.

Esta facción capitalista combina la pontificación de la libertad individual con discursos reaccionarios conservadores como la defensa de la familia, la tradición judeocristiana, y la oposición acérrima contra los derechos de las mujeres y la población LGBTI. En esto han hecho fuertes alianzas con las iglesias neopentecostales (evangélicas), especialmente en Estados Unidos y Latinoamérica.

La ultraderecha proclama la necesidad de una guerra cultural contra el comunismo, el marxismo y todo fenómeno de izquierda, buscando disputar y arrebatar la “hegemonía” ideológica al reformismo y a la izquierda.

Es un sector que reivindica el discurso nacionalista y chovinista, alimentando la xenofobia, especialmente contra los inmigrantes en los países imperialistas, pero también contra los venezolanos. Esto se combina con el respaldo al sionismo en su genocidio contra el pueblo palestino. En los países imperialistas, este nacionalismo se traduce en el fortalecimiento de sus disputas interimperialistas, mientras que en los países semicoloniales ese nacionalismo esconde la más abyecta subordinación a la dominación imperialista.

La ultraderecha es negacionista de la crisis ambiental, reivindicando las peores prácticas capitalistas destructivas de la naturaleza, como el fracking. Además, es negacionista de la ciencia, favoreciendo el auge de movimientos antivacunas o el terraplanismo.

Sus representantes

Como parte de este fenómeno, teniendo en cuenta particularidades y diferencias, en Europa se incluye a los gobiernos de Meloni en Italia y Orbán en Hungría; partidos que ganan posiciones en parlamentos como Vox de España, Refundación Nacional en Francia o Alternativa para Alemania en el país germano, entre los más importantes.

En Estados Unidos, su representante más claro es el gobierno de Donald Trump que ha profundizado su política imperialista, la persecución a los migrantes, el apoyo al sionismo y la intervención en América Latina.

En el continente americano, los gobiernos de Bukele en El Salvador, Bolsonaro en Brasil, Milei en Argentina, Kast en Chile, Novoa en Ecuador y los recientes triunfos de Keiko Fujimori en Perú y Abelardo de la Espriella en Colombia, son parte de este avance de la ultraderecha.

La patria milagro: el programa del bonapartismo recargado

Pese a su discurso antisistema, contra los partidos y la corrupción, su gobierno lo está construyendo con viejos políticos provenientes de los partidos tradicionales de derecha, que han participado en todos los gobiernos anteriores desde Samper hasta Duque. Varios de ellos han estado involucrados en denuncias e investigaciones por corrupción y otros delitos.

Sus anuncios van encaminados a profundizar el ultraliberalismo en la economía, restringiendo o directamente eliminando controles a los negocios, planteando una reducción del Estado, fortaleciendo la represión, institucionalizando la Guerra Cultural como política de Estado. Plantea una ofensiva para desmontar derechos adquiridos, tanto económicos como sociales y democráticos. En el terreno de la paz, plantea acabar o debilitar los desarrollos de los acuerdos de paz y suspender cualquier intento de salida negociada.

Una parte esencial es la de fortalecer la subordinación al imperialismo norteamericano y a Trump en particular, lo que implicará una profundización del saqueo y el sometimiento de Colombia a Estados Unidos.

¿Es el fascismo?

Así como en los países donde ha avanzado la ultraderecha, en Colombia también se presenta una discusión de suma importancia: ¿este avance de la ultraderecha se puede caracterizar abiertamente como un fenómeno fascista? Sobre esto hay varios debates que hay que profundizar. Por ahora, si bien expresan importantes coincidencias con el fascismo clásico de los años 30 del siglo pasado, el actual ascenso de la ultraderecha es un fenómeno en curso que depende en gran medida del desarrollo de la lucha de clases.

En Colombia, existen antecedentes muy serios en la sangrienta dominación burguesa que ha usado herramientas propias del fascismo para sofocar las luchas obreras, campesinas y populares y la oposición política. El paramilitarismo no solo ha sido tolerado, sino auspiciado por la burguesía, convirtiéndose en una verdadera institución del régimen antidemocrático colombiano, especialmente bajo los gobiernos de Álvaro Uribe Vélez.

La llegada de este fenómeno de ultraderecha en Colombia puede tener desarrollos más violentos y contrarrevolucionarios que en otros países. Pero un aspecto determinante por encima de las instituciones y aparatos armados legales e ilegales es la relación con las clases sociales. En ese sentido, si bien, la alta votación lograda por De la Espriella (descontando los muy posibles votos fraudulentos producto de fraudes, compra de votos y el rol de las redes sociales), expresa que la ultraderecha ha ganado terreno, especialmente en sectores de la clase media y la pequeña burguesía, sin ser una base consolidada. Sin embargo, existen expresiones iniciales de radicalización a la derecha, aún marginales, que pueden desarrollarse en la medida en que la polarización y la lucha de clases se agudizan.

Lo que parece consolidarse en Colombia es una profundización de un régimen político bonapartista. El bonapartismo es un concepto que surge a partir del análisis de la lucha de clases en Francia que hace Marx, en particular del gobierno dictatorial de Luis Bonaparte. En esencia, plantea que, en ciertos momentos históricos, surgen personajes (como Bonaparte) que asumen como árbitros, por encima de las clases mismas y de las instituciones tradicionales de la democracia burguesa. Suelen ser gobiernos muy autoritarios que se apoyan en las instituciones represivas del régimen y colocan el poder ejecutivo por encima de las otras ramas del poder, incluso al punto de disolverlas.

Es el bonapartismo

En Colombia, por el peso que ha tenido el paramilitarismo y el narcotráfico en el desarrollo capitalista nacional, y por los cambios institucionales que introdujeron los gobiernos de Álvaro Uribe desde 2002, caracterizamos el régimen político colombiano como un régimen bonapartista, que conserva algunos rasgos y formalidades de la democracia burguesa. Este carácter bonapartista no fue derrotado por el gobierno de Petro, aunque algunas reformas propuestas por él buscaban democratizar o suavizar sus aspectos más reaccionarios. Pero en esencia, el régimen bonapartista colombiano persistió y el gobierno del Pacto Histórico terminó adaptándose a él.

Por ahora existe un proyecto de De la Espriella de profundizar el carácter bonapartista, retomando algunas de las características anteriores del legado de Uribe, pero en otras aumentando su carácter represivo, de persecución y criminalizador de las luchas y planteando una nueva ofensiva de recortar y eliminar derechos ganados en décadas de lucha.

Así como le ha sucedido a Trump o a Milei, una cosa es lo que plantea su proyecto y otra lo que pueden hacer en la realidad. Los avances efectivos de la ultraderecha han dependido de la respuesta del movimiento de masas y de la lucha contra sus planes. Sus promesas de Patria Milagro pronto se enfrentarán a la realidad de la lucha de clases, tanto nacional como internacional. La crisis económica mundial y la crisis del orden imperialista no le plantean un escenario de estabilidad al nuevo gobierno y eso no favorece los negocios. Por eso las propias contradicciones interburguesas también jugarán un rol en profundizar o relativizar las medidas del gobierno.

Pero a las masas trabajadoras, oprimidas y populares no nos corresponde ser espectadores pasivos. Nuestra tarea histórica es la de enfrentar decididamente, mediante la lucha organizada, al bonapartismo de ultraderecha que empieza a gobernar. Corresponde impulsar y organizar un frente de los de abajo, tomando el ejemplo de las masas bolivianas que resueltamente han luchado contra el gobierno de Paz; pero también asimilando la lección de construir una nueva dirección revolucionaria, pues las actuales direcciones del movimiento de masas, como el Pacto Histórico en Colombia supeditan la lucha a los intereses electorales y a las componendas con sectores burgueses, de lo cual es elocuente ejemplo la elección de Honorio Henríquez como presidente del Senado.

Francisco Cuartas

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