Editorial: El garrote imperialista y la crisis del orden mundial

El inicio de 2026 ha estado marcado por un episodio que sacudió la situación política internacional: la intervención militar de Estados Unidos en Venezuela que concluyó con el secuestro de Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores en la madrugada del 3 de enero, bajo la denominada Operación Determinación Absoluta, ordenada directamente por Donald Trump.

El pretexto inicial fue la supuesta vinculación de Maduro con el inexistente Cartel de los Soles, pero pronto quedó claro que el verdadero objetivo era apropiarse del petróleo venezolano. Trump no busca instaurar la democracia en Venezuela ni combatir al narcotráfico, sino garantizar el control de sus recursos energéticos, manteniendo al régimen chavista bajo obediencia.

Este episodio refleja la profundización de una política imperialista que ya venía desplegándose bajo la administración de Joe Biden, con el genocidio en Gaza a partir de octubre de 2023. Trump, sin embargo, ha despojado esa estrategia de cualquier disfraz legal o diplomático, ejecutando acciones de guerra abiertas y ofensivas. La crisis económica mundial, que la burguesía no logra resolver desde 2007, y la creciente debilidad de la economía norteamericana, explican esta política desesperada: Estados Unidos necesita petróleo, tierras raras y minerales, y está dispuesto a intervenir militarmente en Venezuela, Groenlandia, Cuba o Colombia para obtenerlos.

La hegemonía del dólar, parte fundamental del orden imperialista establecido en Bretton Woods en 1944, también se encuentra en entredicho. Desde que Nixon suspendió la convertibilidad en oro en 1971, el sistema monetario se sostiene en deuda y emisión sin respaldo real. La consecuencia es que, por ejemplo, China impulsa la diversificación de monedas de reserva, acumula oro y plata, y se deshace de bonos del Tesoro estadounidense. El resultado es un debilitamiento del dólar y la amenaza de una inflación inédita en Estados Unidos, que agudizará su crisis social y política.

En este contexto, las petroleras norteamericanas dudan en regresar a Venezuela. Chevron se mantiene, pero la recuperación de la producción exige inversiones de 100.000 millones de dólares y garantías jurídicas que Trump intenta ofrecer mediante decretos de emergencia. La desconfianza persiste, pues fueron las mismas sanciones de Washington las que penalizaron el negocio petrolero venezolano en años anteriores.

Mientras tanto, en Colombia, el gobierno de Gustavo Petro se encuentra en una posición ambivalente frente a Estados Unidos. Un día se pronuncia con discursos antiimperialistas y al siguiente busca concertación con Trump, como lo hizo el 7 de enero: logró agendar una reunión con él en la Casa Blanca, y en la misma llamada le propuso al dictador imperialista cooperar con iniciativas militares conjuntas para derrotar al ELN en la frontera con Venezuela. Al mismo tiempo, explora acuerdos con China y los Brics. Todo ello ocurre en el marco de la campaña electoral colombiana, donde la política internacional se convierte en herramienta de disputa interna.

La tarea de los trabajadores y sectores populares es clara: la más amplia unidad de acción antiimperialista, contra la intervención en Venezuela, las amenazas sobre Colombia y denunciar cualquier acuerdo con el imperialismo; también exigir la ruptura de compromisos que sometan el país, tanto al actual gobierno como a los candidatos que pretenden continuar por la misma línea.

El escenario global muestra, además, la emergencia de los imperialismos chino y ruso, presentados por sectores reformistas como supuestos salvadores frente a Estados Unidos. Sin embargo, la realidad es que todos los imperialismos buscan expandir su influencia para apoderarse de recursos naturales y mercados en medio de la decadencia del sistema capitalista. Ante esto, los trabajadores y sectores populares no debemos tomar partido por ninguno de los bloques, ni capitular a la presión campista del llamado “Sur Global”. Por el contrario, la salida debe ser independiente y revolucionaria, frente a un posible orden tripolar que reparta zonas de influencia: Rusia sobre Ucrania, China sobre el Pacífico y Estados Unidos sobre América Latina.

Por otro lado, mientras continúa el genocidio en Gaza, bajo la cobertura del mentiroso cese al fuego, la crisis en Irán añade otro frente de tensión en la lucha de clases. Desde el 28 de diciembre, una oleada de protestas masivas por la inflación del 60% en alimentos ha sido reprimida con brutalidad por el régimen de los ayatolas: cerca de 600 muertos, más de 2.000 heridos y bloqueo de Internet. Trump e Israel aprovechan la situación para pronunciarse contra el régimen iraní, mientras Teherán amenaza con bloquear el Estrecho de Ormuz, por donde circula el 20% del petróleo mundial. Un eventual cierre dispararía los precios del crudo y agravaría la crisis energética global.

La coyuntura internacional, marcada por la ofensiva imperialista y la crisis del orden mundial, repercute directamente en la política nacional. Colombia no puede permanecer ajena: las tensiones externas se entrelazan con las elecciones burguesas y con la definición de su papel en un tablero geopolítico cada vez más convulso. La conclusión es inequívoca: ante la disputa entre imperialismos, la única salida es la independencia política de los trabajadores y los pueblos, denunciando toda forma de sometimiento y defendiendo una alternativa propia frente a la decadencia del sistema capitalista.

 Comité Ejecutivo
Partido Socialista de los Trabajadores

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